lunes, 31 de agosto de 2015

Dualismo nocturno

Ocurrió en mis garras;
por el dulce trofeo de tu carne
me alimenté de tu deseo agotado,
y magullada
y sangrante
caíste sobre mí.

Tu hedor quiso pegárseme,
tus ojos me quisieron subyugar,
mi alma humana en terror
gritaba por salir;
más la luna hinchada
al disfrute de la carnicería
me excitó.

Tu yugular,
mi intensidad,
fue un éxtasis que me colmó;
mis primitivos impulsos
desbordados;
mi querida loba,
                  mi dolor.


El trofeo de la carne

Siento rotos en mi garganta
Dalí
aquellos versos sobre un jazz;
tú que me mirabas
y te hice poesía.

Aún recuerdo el humo y tus labios,
tu pierna y tu liga,
mis oblicuos rompiéndose en ti;
tu mano palpitando entre mis piernas
mientras evocaba a dios
sabiendo que lo tenía delante,
con la sonrisa a medias
y en un cuerpo de mujer.

Como deidad hiciste lo que tenías que hacer;
me diste el fuego para buscarte,
y cuando me tuviste
me quemé.


jueves, 27 de agosto de 2015

Erzébet Báthory, La comtesse sanglante.

El criminal no hace la belleza;
él mismo es la auténtica belleza
Sartre

Recopilatorio de Valentine Penrose

Baños de sangre

Corría este rumor: desde la llegada de Darvulia, la condesa, para preservar su lozanía, tomaba baños de sangre humana. En efecto, Darvulia, como buena hechicera, creía en los poderes reconstitutivos del "fluido humano". Ponderó las excelencias de la sangre de muchachas -en lo posible vírgenes- para someter al demonio de la decrepitud y la condesa aceptó este remedio como si se tratara de baños de asiento. De este modo, en la sala de torturas Dorkó se aplicaba a cortar venas y arterias; la sangre era recogida en vasijas y, cuando las dadoras ya estaban exangües, Dorkó vertía el rojo y tibio liquido obre el cuerpo de la condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan erguida, tan silenciosa.
A pesar de su invariable belleza, el tiempo infligió a Erzébet algunos de los signos vulgares de su transcurrir. Hacia 1610, Darvulia había desaparecido misteriosamente, y Erzébet, que frisaba la cincuentena, se lamentó ante su nueva hechicera de la ineficacia de los baños de sangre. En verdad, más que lamentarse amenazó con matarla si no detenía inmediatamente la propagación de las execradas señales de la vejez. La hechicera dedujo que esa ineficacia era causada por la utilización de sangre plebeya, empleando sangre azul en vez de roja, la vejez se alejaría corrida y avergonzada. Así se inició la caza de hijas de gentilhombres. Para atraerlas, las secuaces de Erzébet argumentaban que la Dama de Csejthe, sola en su desolado castillo, no se resignaba a su soledad. ¿Y cómo abolir la soledad? Llenando los sombríos recintos con niñas de buenas familias a las que, en pago de su alegre compañía, les daría lecciones de buen tono, les enseñaría como comportarse exquisitamente en sociedad. Dos semanas después, de veinticinco "alumnas" que corrieron a aristocratizarse no quedaban sino dos: una murió poco después, exangüe; la otra logró suicidarse.