martes, 15 de diciembre de 2015

La debilidad del monstruo

Hoy en mi pecho
la catástrofe y el caos se han sumado.
Ha venido Kronos con su estúpido reloj de arena y cada segundo ha comenzado a golpearme. Uno tras otro, entre los besos que habitaba un monstruo
y por su dulce boca en mi más profunda herida,
que soy yo.
Y ya no recuerdo la última vez que sentí de mí rompérseme el tórax en mil pedazos, y pude ver que dentro de mí el polvo y el viento formaron un castillo.
De aquí mi dolor pasa por tu cintura, tus dedos, la cornisa de tu sonrisa y ese indefinido mar que es tu mirada. Porque me hundo si me miras y no puedo dejar de hacerlo, me sobran heridas, historias, versos y canciones para mostrarte lo simple que es mi laberinto. Coge los hilos de mi espalda y empuja sin miedo, que yo saldré de mí para odiarme contigo.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Demasiado oscuro como para querer ver algo

Hoy la lluvia me ha deshecho...
Hablando claro;
la insoportable agonía del alma me ha calmado la pena, del mismo modo en el que se dejan de sentir las heridas profundas tras unos minutos sangrando. Me ha golpeado una absurda indiferencia que me ha hecho vomitarme a mí misma, volver a nacer tras una muerte interna; llevaba muerta debajo de esta piel tanto tiempo... Y de repente he escuchado la lluvia, esta me llamaba como marinero al mar porque es ella quien me comprende. El cielo llora por mí cuando soy demasiado egoísta como para darme el lujo de quererme un instante fuera de la cáscara. Pero estos trozos firmes no se rompen, me asfixian, siento claustrofobia cuando estoy dentro de mí pero me da miedo salir ahí fuera y ver que todos somos humanos. Me da miedo pensar que todos sufren y todos lloran, que todos somos piezas del mismo maldito puzzle y que no hay forma de escapar.
No hay salida de esta tortura, no hay más salida que dejarse llevar hasta que todo se vuelva demasiado insoportable, demasiado oscuro como para querer ver algo.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Del dolor el arte

Me sabe a rancio mi dolor, crudo entre los dientes... es él que a mí me quiere engullir. Lo escucho cómo me ruge, viene transportado en el fervor de un eco, que al fin y al cabo se traduce en tu aroma y un sofocante malestar.
El Grito -Edvard Munch
Sabe si alguna vez dormir en paz yo pudiera, mientras en mis entrañas se deleita el diablo con mis quejidos, que volvería de la piel a clavarme las espinas una y otra vez. Porque eso es lo que hacemos ¿verdad? El dolor purifica; el fracaso, el vacío, la no-muerte nos hace el arte, una especie de alma inmortal que se golpea contra las paredes de un cráneo luchando por salir. Todo arte tiene la necesidad de huir, de volar en un brote de inspiración; bien lo sabe que te partiría la cabeza por ver un poco de luz. Pero a pesar de querer dejarte, esa forma, ese ser, esa masa fruto de la abstracción, está por siempre unida a ti a través de unos gruesos estigmas a los que llamamos amor. Una está unida al arte que crea como una llama a una lata de gasolina; tal unión es inevitable a la vez que desastrosa.
Sin embargo nos empeñamos en sufrir, arrastrados por un masoquismo inexplicable, sentimos la necesidad de morir psicológicamente una y otra vez; con cada decepción a la que logramos sobrevivir le estamos diciendo al arte que cenemos y follemos, que nos trate como la escoria que somos y plantemos una semilla más de ira en este planeta y en toda la raza humana.
El mundo siempre ha estado lleno de locos que follaron con el arte por despecho y acabaron siendo esclavos enamorados del fruto de su creación.

martes, 1 de septiembre de 2015

I'm a fool to want you

Querida,
trazos de ti me atraviesan
cuando escruto nuestras calles.
Cierto lugar donde nos besamos,
donde no queríamos ni despedirnos,
me ha masticado con un terrible dolor.
Por aquí nos lloran las esquinas, la luna,
la entrada del bar en nuestro primer beso,
con la certeza de que viniste a destrozarme.
Querida,
son estos cutres versos los que me golpean
sin reparos donde me plantaste el último.
Nunca me dijiste que te versara, aún
hubo tantas cosas que no dijimos...
Me quedé de hielo cuando te vi
y a pesar de ver como te ibas,
mi corazón aún congelado
en el averno busca latir.


lunes, 31 de agosto de 2015

Dualismo nocturno

Ocurrió en mis garras;
por el dulce trofeo de tu carne
me alimenté de tu deseo agotado,
y magullada
y sangrante
caíste sobre mí.

Tu hedor quiso pegárseme,
tus ojos me quisieron subyugar,
mi alma humana en terror
gritaba por salir;
más la luna hinchada
al disfrute de la carnicería
me excitó.

Tu yugular,
mi intensidad,
fue un éxtasis que me colmó;
mis primitivos impulsos
desbordados;
mi querida loba,
                  mi dolor.


El trofeo de la carne

Siento rotos en mi garganta
Dalí
aquellos versos sobre un jazz;
tú que me mirabas
y te hice poesía.

Aún recuerdo el humo y tus labios,
tu pierna y tu liga,
mis oblicuos rompiéndose en ti;
tu mano palpitando entre mis piernas
mientras evocaba a dios
sabiendo que lo tenía delante,
con la sonrisa a medias
y en un cuerpo de mujer.

Como deidad hiciste lo que tenías que hacer;
me diste el fuego para buscarte,
y cuando me tuviste
me quemé.


jueves, 27 de agosto de 2015

Erzébet Báthory, La comtesse sanglante.

El criminal no hace la belleza;
él mismo es la auténtica belleza
Sartre

Recopilatorio de Valentine Penrose

Baños de sangre

Corría este rumor: desde la llegada de Darvulia, la condesa, para preservar su lozanía, tomaba baños de sangre humana. En efecto, Darvulia, como buena hechicera, creía en los poderes reconstitutivos del "fluido humano". Ponderó las excelencias de la sangre de muchachas -en lo posible vírgenes- para someter al demonio de la decrepitud y la condesa aceptó este remedio como si se tratara de baños de asiento. De este modo, en la sala de torturas Dorkó se aplicaba a cortar venas y arterias; la sangre era recogida en vasijas y, cuando las dadoras ya estaban exangües, Dorkó vertía el rojo y tibio liquido obre el cuerpo de la condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan erguida, tan silenciosa.
A pesar de su invariable belleza, el tiempo infligió a Erzébet algunos de los signos vulgares de su transcurrir. Hacia 1610, Darvulia había desaparecido misteriosamente, y Erzébet, que frisaba la cincuentena, se lamentó ante su nueva hechicera de la ineficacia de los baños de sangre. En verdad, más que lamentarse amenazó con matarla si no detenía inmediatamente la propagación de las execradas señales de la vejez. La hechicera dedujo que esa ineficacia era causada por la utilización de sangre plebeya, empleando sangre azul en vez de roja, la vejez se alejaría corrida y avergonzada. Así se inició la caza de hijas de gentilhombres. Para atraerlas, las secuaces de Erzébet argumentaban que la Dama de Csejthe, sola en su desolado castillo, no se resignaba a su soledad. ¿Y cómo abolir la soledad? Llenando los sombríos recintos con niñas de buenas familias a las que, en pago de su alegre compañía, les daría lecciones de buen tono, les enseñaría como comportarse exquisitamente en sociedad. Dos semanas después, de veinticinco "alumnas" que corrieron a aristocratizarse no quedaban sino dos: una murió poco después, exangüe; la otra logró suicidarse.